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3 ene 2009

Entrevista a Julio Verne

Julio Verne en casa. Su propia narración de su vida y su obra

"El gran pesar de mi vida ha sido el hecho de que nunca he tenido lugar alguno en la literatura francesa."

fuente: DDOOSS | Enero-1894

El hombre decía estas palabras al tiempo que su cabeza se inclinaba, y una gran tristeza parecía asomar en la alegre y cordial voz.

"No he tenido lugar alguno en la literatura francesa" - repitió. ¿Quién era aquel que hablaba así, con la cabeza gacha y con tono de tristeza en su alegre voz? ¿Algún escritor de folletines baratos pero populares para la prensa, algún hombre de letras que nunca ha tenido escrúpulo en declarar que él se ha ganado su vida con su pluma como instrumento y que siempre ha preferido el dinero en efectivo de la Sociedad Francesa de Letras a la gloria y el honor? No. Extraño, monstruoso, así parece ser, pero nuestro hombre no es otro que Julio Verne. Sí, Julio Verne, el Julio Verne, su Julio Verne y el mío también, aquel que nos ha deleitado a todos alrededor del mundo durante tantos años y que seguirá encantando a muchos durante generaciones y las generaciones por venir.

Fue en la habitación de descanso de la Sociedad Industrial de Amiens que el maestro me dijo estas palabras. Nunca olvidaré el tono de tristeza con las que las dijo. Era como la confesión de una vida sin sentido, el suspiro de un viejo hombre que nunca puede volver hacia atrás. Me causó un dolor tan profundo oírlo hablar de aquella manera y todo lo que pude hacer fue decirle, con verdadero entusiasmo, que él era para mí y para millones como yo, un gran maestro, la persona que tanto admiramos y respetamos, el novelista que nos deleitó a muchos de nosotros, mucho más de lo que lo hubiera hecho cualquier novelista que hubiera tomado alguna vez una pluma en la mano. Pero él sólo se limitaba a agitar su cabellera gris y decir: "No cuento para nada en la literatura francesa". Sesenta y seis años, y todavía se mantiene fuerte de espíritu, muchos rasgos de su cara me hacen recordar a Víctor Hugo; como un viejo capitán de mar, rojo de cara y lleno de vida. Un párpado ha comenzado a caer ligeramente, pero la mirada se mantiene firme y clara. De su persona emana un aroma de bondad interior y de corazón. Estas han sido las características del hombre, del cual Hector Malot (1) dijo, algunos años atrás, que era el mejor de los compañeros; del hombre al cual el frío y reservado Alejandro Dumas quería como a un hermano; del hombre que no tiene ni ha tenido nunca, a pesar de su gran éxito, un enemigo real. Desafortunadamente, su salud le preocupa. Últimamente sus ojos se han debilitado, y por momentos él se siente incapaz de guiar su pluma y hay algunos días en los cuales la gastralgia lo martiriza. Pero él sigue tan valiente como siempre.

"He escrito sesenta y seis volúmenes" - dijo -, " y si Dios me concede vida llegaré a ochenta."

Julio Verne vive en el Bulevar Longueville, en Amiens, en la esquina de Rue Charles Dubois, en una espaciosa casa que él alquila. Es una casa de tres pisos, con tres filas de cinco ventanas que abren hacia el bulevar, tres ventanas en la esquina, y tres más que tienen su ubicación hacia la Rue Charles Dubois. La otra entrada está en esta calle. Desde las ventanas que dan hacia el bulevar se puede tener una vista muy pintoresca del pueblo de Amiens con su vieja catedral y otros edificios medievales. Justo delante de la casa y al otro lado del bulevar hay un pedazo de vía férrea, la cual -estando exactamente en la dirección opuesta a la ventana del estudio de Verne-, desaparece en un lugar de la calle, donde hay una gran plaza, en la que la banda del regimiento toca cada vez que el tiempo se lo permite. Esta combinación le sugiere a mi pensamiento un emblema del trabajo del gran escritor: el tranvía acercándose, con el rugido y el estrépito de lo ultramoderno y el romance de la música. Y, ¿no es ésta combinación de la ciencia y el industrialismo las que hacen que sean elementos más románticos en la vida real que en las novelas de Verne, donde poseen una originalidad que no puede encontrarse en los trabajos de ningún otro escritor vivo, incluso ni en aquellos que sí tienen un lugar dentro de la literatura francesa?

La residencia del novelista

Una alta pared bordea la Rue Charles Dubois y esconde el patio y el jardín de la casa de la vista del transeúnte. Una vez que uno llama a la puerta ubicada en la pequeña entrada lateral, la puerta es abierta e inmediatamente uno se encuentra en un patio pavimentado. En la dirección opuesta se encuentran la cocina y las oficinas; a la izquierda un agradable jardín repleto de árboles y a la derecha de la casa una larga fila de anchos pasos se extienden a lo largo del camino. Un acogedor lugar lleno de flores y palmas forman el vestíbulo. Atravesando éste el visitante entra en la sala, la cual está ricamente amueblada con mármoles y bronces, bellas figuras colgantes y las más cómodas butacas. Era la típica habitación de un hombre común, sin ningún rasgo característico en específico. Parece una habitación poco usada; esto se debe al hecho de que los señores Verne son personas muy simples, que no les importa mostrar su riqueza, sino disfrutar de tranquilidad y comodidad. El comedor, que era la habitación inmediata solo se usaba en caso de cenas especiales o cuando la familia celebraba una fiesta. El novelista y su esposa realmente comen en una pequeña habitación que está al lado de la cocina. Desde que el visitante entra al patio puede divisar en la esquina lejana de la casa una alta torre y la escalera en forma de espiral que termina en las habitaciones del piso superior de la torre. Al llegar a la cima de la escalera llegamos a los lugares de dominio privado del señor Verne. Luego de llegar aquí encontramos un pasillo con alfombras de color rojo, al igual que la escalera. A lo largo del mismo se divisan varios mapas y al final, en una esquina, se encuentra una pequeña habitación, la cual está amueblada con la armadura de una cama. Junto a un pequeño balcón se encuentra una pequeña mesa donde se puede ver una gran cantidad de papel manuscrito delicadamente cortado. Sobre el manto que cubre la pequeña chimenea se encuentran dos estatuas, una de Moliere y la otra de Shakespeare y sobre éstas un cuadro pintado con acuarela, que representa la entrada de un yate a la bahía de Nápoles. Es ésta la habitación en la que Verne trabaja. El cuarto contiguo está reservado para varios estantes llenos de libros que van desde el techo hasta la alfombra.

Al hablar sobre sus métodos de trabajo Verne dijo: "Me despierto todas las mañanas poco antes de las cinco - quizás un poco más tarde en la temporada invernal -, y a las cinco ya me encuentro en mi escritorio y permanezco trabajando hasta las once. Trabajo muy despacio y con gran cuidado, escribiendo y volviendo a escribir hasta que cada oración tome la forma que yo deseo. Siempre tengo, al menos, en mi mente las ideas de hasta diez novelas paralelas, siempre estoy pensando en nuevas historias. De esta forma, si trabajo con perseverancia, no tendré dificultad en completar las ochenta novelas de las cuales le hablé. Pero es en las correcciones donde invierto la mayor parte del tiempo. Nunca estoy satisfecho cuando he hecho menos de siete u ocho revisiones y las corrijo una y otra vez, hasta que se pueda decir que la última corrección tiene pocos rastros de lo que una vez fue el manuscrito original. Esto significa un gran sacrificio, tanto desde el punto de vista monetario como de tiempo. No obstante, siempre he intentado hacer todo lo que esté a mi alcance para respetar la forma y el estilo, aún cuando las personas nunca me han hecho justicia en lo que respecta a esta consideración."

Entramos juntos en la habitación de la Sociedad Industrial. Al entrar Verne me señaló hacia un pila de hojas. "La sexta corrección" -dijo-. Luego me mostró un gran manuscrito que miré con gran interés, "esto es..." -dijo el novelista, con su genial sonrisa-, " ... es sólo un informe que voy a enviar al Consejo Municipal de Amiens, del cual soy miembro. Yo muestro gran interés por los asuntos del pueblo."

Le había pedido al señor Verne que me contara de su vida y su trabajo. Él me dijo que me diría cosas que nunca antes había dicho. Mi primera pregunta fue sobre su juventud y su casa natal y esto fue lo que me dijo:

"Nací en Nantes el 8 de febrero de 1828, de manera que en estos momentos tengo sesenta y seis años. Debe ser mejor que se me pregunte por mis impresiones de la vejez y no por los recuerdos de mi niñez. Éramos una familia muy feliz. Nuestro padre, que fue un hombre admirable, era parisiense de nacimiento, o más bien, de educación. Realmente él nació en Brie, pero fue educado en París, donde cursó sus estudios universitarios y se graduó como abogado. Mi madre era bretona, de la ciudad de Morlaix, de manera que por mis venas corre una mezcla de sangre bretona y parisiense."

Estos elementos son interesantes desde el punto de vista psicológico y ayuda a las personas a entender el carácter de Julio Verne que lleva en su interior la alegría de la vida de un frecuentador de bulevares parisienses. Claretie escribió sobre esto: Él es igual a esas personas que suelen frecuentar los bulevares de París. Tiene ese carácter desde la punta de los dedos hasta las de los pies. Verne además ama la soledad, la religiosidad y adora el mar, los cuales son rasgos que heredó de la parte bretona.

"Tuve una juventud muy feliz. Mi padre era abogado en Nantes y estaba en posesión de una buena fortuna. Él era un hombre de cultura y de un gran sabor literario. Él escribía canciones en la época en que aún en Francia se escribían; esto fue en los años desde el 1830 hasta el 1840. Pero él era un hombre que no tenía ambiciones y aunque podría haberse distinguido en el campo de las Letras -si así lo hubiera querido-, evitaba todo tipo de publicidad. Sus canciones se cantaban dentro del ámbito familiar. Muy pocas de ellas fueron impresas. Puedo comentarle que ninguno de nosotros ha sido ambicioso; hemos intentado disfrutar nuestras vidas y hacer nuestro trabajo lo más tranquilamente posible. Mi padre murió en 1871 a la edad de setenta y tres. Él podría haber dicho Tenía dos años cuando el siglo nació, en honor al comentario del famoso Víctor Hugo sobre la fecha de su nacimiento. Mi madre murió en 1885, dejando treinta y dos nietos y si contamos a los primos y primos hermanos, en total serían noventa y siete descendientes. Todos nosotros aún vivimos, es decir, la muerte no nos ha llevado a ninguno de los cinco. Somos dos varones y tres hembras y todos estamos vivos en estos momentos. Los hombres y las mujeres de Bretaña son de constitución sólida. Mi hermano Paul era y es mi más estimado amigo. Sí, realmente puedo decir que él no sólo es mi hermano, sino que es, además, mi amigo más íntimo. Y nuestra amistad comenzó desde el primer día que puedo recordar. ¡Qué excursiones tan maravillosas solíamos hacer montados en botes remendados a través del Loira! Cuando tenía quince años no había un sólo rincón o lugar del Loira que no hayamos explorado. ¡Qué embarcaciones más peligrosas eran aquellas y que riesgos corríamos! A veces yo era el capitán, en otras ocasiones era Paul. Pero Paul era el mejor de los dos. Conoce usted que, después que se alistó en la marina, él se podría haber convertido en un funcionario muy distinguido. Pero no hubiera sido un Verne. O sea, quiero decirle, él no tenía ambiciones."

"Empecé a escribir cuando tenía doce años. Escribía entonces poesía, y los poemas no eran muy buenos. Aún recuerdo una que compuse para el cumpleaños de mi padre. Fue recibida muy bien, incluso, fui felicitado y me sentía bastante orgulloso. Recuerdo que por esa época yo solía pasar un gran tiempo ocupado con mis escrituras, copiando y corrigiendo. Nunca llegaba a sentirme satisfecho con lo que había hecho."

"Supongo que unos pueden ver en mi amor por la aventura y por el mar lo que sería el giro que tomaría mi mente unos años más tarde. Ciertamente, el método de trabajo que yo tenía se me ha afianzado desde entonces y ha permanecido conmigo durante toda mi vida. No creo que haya hecho en alguna ocasión algún trabajo descuidado."

"No, no puedo decir que fui particularmente atrapado por la Ciencia. De hecho, nunca he estudiado Ciencias. Pero en la época en que era un muchacho adoraba ver como trabajaban las máquinas. Mi padre tenía una finca en Chantenay, una ciudad situada cerca del Loira. Cerca del lugar se encontraba la fábrica de máquinas gubernamentales de Indret. En ninguna de mis estancias en Chantenay dejé de visitar la fábrica. Allí, me quedaba de pie horas y horas observando como las máquinas hacían su trabajo. Esta característica ha seguido conmigo por el resto de mi vida. Aún hoy, siento tanto placer en mirar como trabaja la máquina de vapor de una locomotora como en contemplar un cuadro pintado por Raphael o Correggio. Mi interés en las industrias humanas siempre ha sido un marcado rasgo de mi carácter, tan marcado, de hecho, como mi amor por la Literatura -de la que hablaré en unos momentos- y mi deleite por las bellas artes que me han llevado a visitar cada museo y galería de alguna importancia en Europa. La fábrica de Indret, las excursiones en el Loira y mi intento de escribir versos fueron las tres grandes pasiones y ocupaciones de mi juventud."

Cómo fue educado

"Fui educado en el liceo de Nantes, donde permanecí hasta que concluí con mis clases de Retórica. Luego, fui enviado a París con el objetivo de estudiar Leyes. Mi estudio favorito siempre ha sido la Geografía, pero en la época en que estuve en París fui completamente atrapado por los proyectos literarios. Estaba bajo la gran influencia de Víctor Hugo, de hecho, me encontraba muy excitado leyendo y volviendo a leer sus trabajos. Por aquel entonces, si me lo preguntaban, quizás podría haber recitado páginas enteras de Nuestra señora de París. Pero fue su trabajo dramático el que más influyó sobre mí y fue, bajo esta influencia, que a los diecisiete años comencé a escribir varias tragedias y comedias, por no mencionar novelas. De esta forma, escribí una tragedia en verso en cinco actos titulada Alejandro VI, la cual era la tragedia de el papa de Borgia. Otra de las tragedias en cinco actos y en verso que escribí por esa época fue La conspiración de la pólvora, con Guy Fawkes como héroe. Un drama bajo Luis XV, fue otra de las tragedias en versos, y en cuanto a las comedias existía una en cinco actos y en verso llamada Los felices del día. Todo este trabajo fue realizado con el mayor cuidado y con la constante preocupación de que el estilo me pareciera el correcto. Siempre he cuidado mucho el estilo, pero las personas nunca me han dado crédito por eso."

"Llegué a París a estudiar en la época en que abundaban aquellas jóvenes de origen latino que se erigieron en una clase trabajadora. No puedo decir que frecuentaba las habitaciones de muchos de mis compañeros de estudio. Es conocido que nosotros, los bretones, somos personas que gustan de no hacer muchas nuevas amistades. Casi todos mis amigos eran viejos compañeros de escuela de Nantes, los cuales habían tenido la oportunidad de llegar a la Universidad de París al igual que yo. Mis amigos eran casi todos músicos, y en ese periodo de mi vida yo era músico también. Yo entendía armonía y creo, ahora puedo decirle, que si hubiera elegido la carrera musical podría haber tenido muchas menos dificultades que muchos otros para tener éxito. Víctor Masse era un estudiante amigo mío y también lo era Delibes, con quien llegué a entablar una íntima relación. Solíamos tratarnos de tú, el uno al otro. Estas fueron algunos de las personas con las que tuve cierta amistad cuando estaba en París. Entre mis amigos bretones se encontraba Aristide Hignard, un músico, que aunque había ganado el segundo Prix de Roma, pero que nunca llegó a tener el éxito esperado. Solíamos trabajar juntos. Yo escribía la letra y él, la música. De esa manera, produjimos una o dos operetas, las cuales fueron escenificadas, y algunas canciones."

"Una de estas canciones se titulaba Los Gavieros. Solía ser cantada por el barítono Charles Bataille, quien era muy popular por aquella época. El coro según recuerdo era algo así como:"

Alerta,
Alerta, muchachos, alerta,
El cielo es azul, el mar es verde,
Alerta, alerta

"Otro de los amigos que conocí siendo estudiante y que ha continuado siendo mi amigo desde entonces es Leroy, el diputado actual de la ciudad de Morbihan . Pero el amigo a quien le debo la deuda más profunda de gratitud y afecto es Alejandro Dumas, el hijo, el cual conocí a la edad de veintiuno. Nosotros nos hicimos amigos casi al instante. Él fue el primero en animarme. Pudiera decirse que él fue mi primer protector. No nos hemos encontrado desde hace un buen tiempo atrás, pero mientras yo viva, nunca me olvidaré de su bondad ni tampoco la deuda que le debo. Él me presentó a su padre; él trabajó junto a mí en colaboración. Juntos escribimos una obra llamada Las pajas rotas, la cual fue escenificada en el teatro parisiense Gymnase, además de una comedia en tres actos que titulamos Once días de asedio, la cual fue puesta en escena en el Teatro Vaudeville. En aquel entonces yo vivía en una pequeña pensión mantenido por mi padre, y fue entonces cuando comencé a tener los sueños de riqueza que me llevaron a una o dos especulaciones en la Bolsa. En realidad esto no convirtió en realidad mis sueños. Sin embargo, extraje algún beneficio de mis constantes visitas a la Bolsa. Fue ahí donde llegué a conocer los secretos del comercio y la fiebre de los negocios, las cuales he descrito y usado a menudo en mis novelas."

"Al mismo tiempo que especulaba en la Bolsa, colaboraba con Hignard en operetas y canciones, con Alejandro Dumas en comedias; también escribí cuentos que fueron apareciendo en algunas revistas. Mi primer trabajo apareció en la revista Museé des familles, donde podrá encontrar una historia mía sobre un hombre que no estaba en sus cabales y el cual iba dirigiendo un globo. Este fue el primer indicio sobre el estilo de novela que posteriormente seguí. Por aquellos años era secretario del Teatro Lírico y luego, secretario del señor Perrin. Adoro el teatro y todo lo que esté conectado a él y el trabajo que más he disfrutado ha sido, sin duda, el de haber escrito obras para la escena."

El principio del éxito literario

"Tenía veinticinco años cuando escribí mi primera novela científica. Se tituló Cinco semanas en globo. Fue publicada por Hetzel en 1861 e inmediatamente se convirtió en un gran éxito."

Al llegar a este punto de la conversación interrumpí a Verne y le dije: "Quiero que me diga cómo escribió la novela y por qué, y qué preparación tenía para hacerla. ¿Tenía conocimiento de como se viajaba en un globo o había tenido alguna experiencia propia?"

"Ninguna" -contestó Verne-, "escribí Cinco semanas en globo, no pensando en una historia sobre como viajar en globo, sino en una historia sobre África. Siempre he estado muy interesado en la Geografía y los viajes y con la novela quise dar una descripción romántica de África. De manera tal que no había otra forma de llevar a mis viajeros hacia África a no ser en un globo, y esta es la respuesta de por qué es introducido un globo en la historia. En ese momento nunca había hecho un ascenso en globo. De hecho, sólo he viajado en globo en una ocasión en mi vida. Fue en Amiens, mucho después de que mi novela fuese publicada. La travesía se verificó en tres cuartos de hora, debido a que tuvimos un problema al subir. Godard, el aeronauta, estaba besando a su pequeño hijo al tiempo que el globo comenzaba a elevarse; de manera que tuvimos que llevar al chico con nosotros. El globo estaba tan pesado que no pudo ir muy lejos. Viajamos hasta Longeau, una ciudad por la que usted pasó antes de llegar aquí. Puedo decirle que tanto en el momento en que escribí la novela como ahora, no tengo fe en la posibilidad de dirigir globos, a excepción de que se estuviera en una atmósfera completamente estancada como, por ejemplo, en esta habitación. ¿De qué manera se puede construir un globo que logre enfrentar corrientes de seis, siete u ocho metros por segundo? Es sólo un sueño, aunque creo que si la pregunta alguna vez fuera resuelta esta sería con una máquina que fuera más pesada que el aire, siguiendo el principio del pájaro que puede volar aun cuando es más pesado que el aire."

¿Entonces usted no tenía ningún estudio científico en que basarse?

"Ninguno. Puedo decirle que nunca he estudiado Ciencias, aunque gracias a mi hábito de leer he podido adquirir conocimientos que me han sido útiles. Soy un gran lector y cada ocasión que leo lo hago con un lápiz en la mano. Siempre llevo un cuaderno conmigo e inmediatamente apunto, tal y como lo hacía Dickens, algo que me interese o que pueda ser de posible uso en mis libros. Vengo aquí todos los días después de almuerzo y de inmediato me dispongo a trabajar. Leo hasta quince publicaciones distintas, siempre las mismas quince, y puedo decirle que son muy pocos los artículos que aparecen en ellas que escapan a mi atención. Cuando veo algo de interés lo escribo en mi cuaderno. Leo publicaciones tales como Revue Bleue, Revue Rose, Revue des deux mondes, Cosmo, La nature de Tissandier y L'astronomie de Flammraion. También leo los boletines de las sociedades científicas, sobre todo aquellos de la Sociedad Geográfica. Debo significar que la Geografía es mi pasión y mi estudio. En mi biblioteca personal se encuentran todos los trabajos de Elisée Reclus -por el cual siento gran admiración-, y todos los de Arago. He leído una y otra vez, debido a que soy un lector muy cuidadoso, la conocida colección Le tour du monde, la cual es una serie de historias donde se describen viajes a diferentes partes del universo. Poseo miles de notas actualizadas sobre diferentes temas. En estos momentos cuento con veinte mil notas que pueden ser revertidas en mi trabajo, pues hasta los días de hoy no han sido usadas. Algunas de estas notas fueron tomadas en conversaciones. Me gusta oír hablar a las personas, sobre todo a aquellas que me proveen de información sobre tópicos que conocen."

¿Cómo ha podido hacer lo que ha hecho sin estudio científico alguno?

"He tenido la buena fortuna de venir al mundo en una época donde existen diccionarios de todo tipo. Si deseo buscar alguna información, todo cuanto tengo que hacer es localizarla en mi diccionario. Por supuesto, en mis horas de lectura también recopilo una gran cantidad de información. Como le dije anteriormente muchas ideas siempre rondan en mi cabeza. Fue así como, un día, en un café en París leí un artículo de El siglo. En él se decía que un hombre podría viajar alrededor del mundo en sólo ochenta días. Inmediatamente mi mente se iluminó con la posibilidad de que debido a la diferencia horaria, el viajero pudiera adelantar o retrasar un día en su viaje. Había encontrado un argumento para una historia. No escribí la historia hasta mucho después. Siempre llevo varias ideas en mi cabeza durante años -diez o quince en algunas ocasiones-, hasta darles la forma definitiva."

"A través de mis novelas, mi objetivo ha sido dar una imagen de la Tierra y no sólo la Tierra en sí, sino el Universo. Recuerde que, en algunas ocasiones, he llevado a mis lectores mas allá de la Tierra. Al mismo tiempo he intentado mantener la belleza en el estilo. Se dice que no puede haber estilo en una novela de aventura. No es cierto, aunque admito que es más difícil escribir una novela de este tipo a un nivel literario aceptable, que escribir el tipo de novelas modernas, basadas en un estudio profundo de los personajes de la misma. Quiero aclarar" -dijo Verne elevando ligeramente sus anchos hombros- "que no soy un gran admirador de la llamada novela psicológica, porque no entiendo que tiene que ver una novela con la psicología. Exceptúo aquí a Daudet y De Maupassant (2). Siento gran admiración por De Maupassant. Él es un hombre genial que ha recibido del cielo el don de escribir sobre muchas cosas y lo ha hecho tan natural y fácilmente como un árbol de manzanas produce manzanas. Mi autor favorito, sin embargo, es y siempre ha sido Dickens. No sé más de cien palabras del idioma inglés, de manera que tengo que leer sus obras en traducciones. Declaro" -dijo Verne, mientras situaba sus manos en la mesa con énfasis-, " que he leído diez veces, al menos, todas las obras de Dickens. No puedo decirle que prefiero a Dickens y no a Maupassant, porque no hay comparación posible entre los dos. La prueba de mi admiración por Dickens es mi próxima novela llamada Aventuras de un niño irlandés. Soy también y siempre he sido, además, un gran admirador de las novelas de Cooper. Al menos quince de ellas las considero inmortales."

Las insatisfacciones del genio

Entonces, con aire de meditación pero hablando en alta voz, Verne agregó: "Cuando yo me quejaba de que mi lugar en la literatura francesa no había sido reconocido, Dumas solía decirme: Tú debías haber sido un autor americano o inglés. Entonces, tus libros traducidos al francés, hubieran tenido una enorme popularidad en Francia y habrías sido considerado por tus compatriotas como uno de los más grandes escritores de ficción. Como puede comprobar, no ha sido considerado mi lugar dentro de la literatura francesa. Quince años atrás, Dumas propuso mi nombre para la Academia y como en ese momento tenía varios amigos en la Academia entre los que estaban Labiche, Sandoz y otros; parecía que era la gran oportunidad para que se determinara mi elección y el reconocimiento formal de mi trabajo. Pero nunca ocurrió. Cuando recibo cartas de América dirigidas a Señor Julio Verne, miembro de la Academia francesa no puedo evitar una sonrisa. Desde el día en que mi nombre fue propuesto han habido, desde entonces, no menos de cuarenta y dos elecciones en la Academia francesa que, por así decirlo, se ha renovado completamente. Pero yo he sido olvidado."

Fue entonces que Verne dijo las palabras que, por su importancia, he ubicado al principio de este artículo.

Para cambiar la conversación le pedí a Verne que me hablara de sus viajes y dijo: "Me he dedicado a la navegación por puro placer, pero siempre con el objetivo de conseguir información para mis libros. Esta ha sido mi preocupación constante y cada una de mis novelas han sido beneficiadas por mis viajes. De esta forma, en Un billete de lotería será encontrada la narración de mis experiencias y observaciones personales en una excursión que tuve la oportunidad de realizar a Escocia, Iona y Staffa; así como también de un viaje a Noruega en el año 1862, cuando viajé desde Estocolmo hasta Christiana a través del canal. Fue un viaje extraordinario de tres días y tres noches en un vapor y luego llegamos a la parte más salvaje de Noruega llamada Tolemark. Visitamos, además, las cataratas de Gosta, la cual tiene una altura de novecientos pies. En Las indias negras está la descripción de mi gira por Inglaterra y mi visita a los lagos escoceses. La idea original de Una ciudad flotante sobrevino cuando viajaba hacia América, en al año 1867, a bordo del famoso transatlántico Great Eastern. Allí visité Nueva York, la ciudad de Albany y además el Niágara. Tuve la maravillosa oportunidad de ver el Niágara cubierto de hielo. Fue el día 14 de abril. Se podían ver algunos torrentes de agua entrando a raudales a través de algunos orificios abiertos en la superficie helada. Matías Sandorf fue el resultado de una excursión desde Tánger hasta Malta en mi yate, el St. Miche l, el cual fue nombrado así en honor a mi hijo Michel, que me acompañó en ese viaje, así como también me acompañaron su madre y mi hermano Paul. En el año 1878 tuve una instructiva y agradable excursión a través del Mar Mediterráneo junto a Raoul Duval, el hijo de Hetzel y mi hermano. Viajar era el gran placer de mi vida y fue con gran pesar que en el año 1886, fui forzado a abandonar tal distracción a consecuencia de mi accidente. Seguramente, usted sabe la triste historia de cómo un sobrino mío, que me adoraba y al cual yo también quería mucho, vino a verme un día a Amiens y después de murmurar algo, ferozmente, me apuntó con un revólver y me disparó, hiriendo mi pierna izquierda. A consecuencia de este hecho, nunca más he podido caminar como lo hacía antes. La herida nunca se ha cerrado y nunca me han extraído la bala. El pobre muchacho estaba fuera de sus cabales. Luego, dijo que lo había hecho para atraer sobre mi la atención, de manera que se escucharan mis demandas por un puesto en la Academia francesa. Él está ahora en un asilo y temo que nunca se curará. El gran pesar que esto me trajo es el hecho de que nunca más podré ver América de nuevo. Me hubiera gustado visitar la ciudad de Chicago este año, pero dado el estado de mi salud y esta herida que no cierra, será imposible para mi salir de Francia. Amo a América y a los americanos. Comoquiera que usted es americano y está escribiendo para ellos, asegúrese de decirles que si ellos me aman -que conozco que sí, debido a que recibo miles de cartas todos los años desde Estados Unidos-, yo les devuelvo su afecto con todo mi corazón. ¡Si pudiera ir y poder verlos a todos! ¡Esa sería la gran alegría de mi vida!

"Aunque la mayoría de las descripciones geográficas en mis novelas son extraídas de mi observación personal, en algunas ocasiones he tenido que apoyarme en las cosas que he leído para hacer las descripciones. En la novela sobre la que le hablé titulada Aventuras de un niño irlandés, la cual muy pronto será publicada, describo las aventuras de un muchacho en Irlanda. La historia comienza cuando el chico tiene dos años de edad y termina cuando cumple los quince, que es cuando él y sus amigos labran sus propias fortunas. ¿No cree que es un buen argumento para una novela? En el libro, el joven viaja por toda Irlanda y debo decirle que yo nunca he visitado ese país, de manera que todas las descripciones de los lugares y escenarios han sido tomadas de libros."

"Tengo varios libros esperando por ser impresos. La próxima novela, es decir, la que se publicará el próximo año se titula Las maravillosas aventuras de Antifer , y ya está completamente terminada. Es la historia de la búsqueda y hallazgo de un tesoro y en la novela se expone un problema geométrico muy curioso. Estoy muy apegado a la novela, la cual aparecerá en el año 1895, aunque no puedo decirle nada más por el momento. Al tiempo que elaboro éstas historias, también escribo cuentos. En el próximo número de El Fígaro, el cual será publicado para las navidades se publicará un cuento mío titulado, El señor Re-sostenido y la señorita Mi-bemol. Usted conoce que el re-sostenido y el mi-bemol son exactamente las mismas notas musicales cuando son ejecutadas en un piano. Ahí está implícito mi conocimiento musical. Nada de lo que uno ha aprendido deja de utilizarse alguna vez en la vida."

"Las personas me preguntan a menudo, tal y como usted lo ha hecho, por qué resido en Amiens; especialmente yo, que era una persona tan parisino en mis instintos. Como le he dicho, soy de sangre bretona y adoro la calma y la tranquilidad y nunca podría ser más feliz que estando en un claustro. Una vida tranquila, llena de estudio y trabajo, es mi deleite. Llegué a Amiens en el año 1857. Aquí conocí a la mujer que es ahora mi esposa, la cual por aquel entonces -su nombre era Honorine de Viane- era viuda y tenía dos pequeñas hijas. Los lazos familiares y la tranquilidad del lugar me han mantenido desde entonces atado a Amiens. Hetzel me comentó hace unos días que si yo viviera en París hubiera escrito, al menos, diez novelas menos de las que he hecho. Disfruto mucho mi vida aquí en la ciudad. Ya le he dicho cómo es que trabajo por las mañanas y leo por las tardes. Hago tanto ejercicios como puedo. Ese ha sido el secreto de mi salud y mi fuerza. Continúo siendo aficionado al teatro y siempre que hay una obra en el pequeño teatro de la localidad puede estar seguro que podrá encontrar a la señora Verne y a su esposo en la luneta. Días atrás, nosotros cenamos en el Hotel Continental. Lo hicimos con el propósito de tener un momento de distracción y para darles un descanso a nuestros sirvientes. Nuestro único hijo, Michel, vive en París, donde está casado y tiene hijos. Él ha escrito algunos artículos científicos. Tengo sólo una mascota. Usted seguramente habrá visto en mi casa un cuadro de mi estimado y viejo amigo. Es un perro llamado Follet."

Un escritor mal pagado

Al llegar a este punto de la conversación le hice entonces a Verne una pregunta algo indiscreta, pero me pareció que era necesaria. He oído que los ingresos que Verne recibe por sus maravillosos libros están muy por debajo de los que gana un periodista ordinario. De fuentes confiables me ha llegado el comentario de que los ingresos de Julio Verne no llegan a un promedio anual de cinco mil dólares. Verne dijo: "Me gustaría no hablar sobre ese tema. Es cierto que mis primeros libros, incluyendo mis más exitosos, se vendieron por una ínfima parte de su valor, pero después del año 1875, es decir, luego de escribir Miguel Strogoff , mis ingresos fueron reconsiderados y comencé a ganar una justa porción de las ganancias de mis novelas. No tengo queja alguna. Tanto mejor si mi editor ha ganado dinero también. Ciertamente, yo pudiera recriminarme a mí mismo el hecho de no haber concertado mejores contratos. Para que tenga una idea, La vuelta al mundo en ochenta días produjo en Francia una ganancia de diez millones de francos y Miguel Strogoff, siete millones. He tenido muy poca participación en estas ganancias. Pero yo no soy y nunca he sido un hombre de dinero. Soy un hombre de letras y un artista. Vivo siguiendo un ideal, generando nuevas ideas y mejorando con entusiasmo mi trabajo. Y cuando he hecho mi trabajo aparto todo de mi mente y olvido tantas cosas que, a menudo, me acomodo en mi estudio y comienzo a leer una novela de Julio Verne, y la leo con entusiasmo. Si mis compatriotas hubieran tenido un poco más de justicia conmigo, esto lo habría apreciado un millón de veces más que una ganancia de algunos miles de dólares que viniera de mis libros. Eso es lo que lamento y siempre lamentaré."

Sobre uno de los botones de la chaqueta azul de Verne pude observar una insignia de color rojo que lo acredita como funcionario de la Legión de Honor.

"Sí" -dijo-, "ese es un reconocimiento". Entonces, con una sonrisa dijo: "Yo fui el último hombre condecorado por el imperio. Dos horas después de firmado el decreto que me hizo miembro de la Legión de Honor, el imperio había dejado de existir. Mi promoción a funcionario se firmó en julio del año pasado. Pero no son las condecoraciones lo que yo ansío. Lo que deseo es que las personas reconozcan lo que hecho o lo que he intentado hacer y no lo dejen pasar por alto. Soy un artista" -repitió Julio Verne, preparándose para levantarse al tiempo que apoyaba su pie en la alfombra.

"Soy un artista" - dijo Julio Verne.

Tan pronto como este artículo sea leído, toda América, seguramente se hará eco de sus palabras

1. Literato y novelista francés (1830-1907). Autor de interesantes novelas, entre las que deben citarse Las víctimas del amor y Sin familia .

2. Su nombre completo era E. R. A. Guido de Maupassant (1850-1893). Célebre y fecundo novelista francés, el discípulo más aventajado de Gustavo Flaubert. Murió loco.

Texto completo...

Entrevista a Juan Rulfo

Publicado originalmente en Siempre! La cultura en México , núm. 1,051 - Juan Rulfo respondió por escrito - (15-VIII-1973)

fuente: DDOOSS | 1973

J. S. - Primero, señor Rulfo, ¿quisiera usted comentar un poco su formación como escritor?

J. R. - Bueno, en realidad es un poco difícil buscar el origen de esa formación. No fue una formación formal, sino más bien arbitraria, si se quiere, basada en lecturas no sistemáticas sino de cuanta cosa me caía en las manos. Por lo tanto no hubo una disciplina formal -una búsqueda tal vez de algo que gustara, que tuviera aspectos humanos coincidentes.

J. S. - ¿Entre estas lecturas más o menos caóticas, pues, había algunas obras que tuvieran una importancia especial?

J. R. - Pues sí. Entre ellas, las obras de Knut Hamsun, las cuales leí -absorbí realmente- en una edad temprana. Tenía unos catorce o quince años cuando descubrí este autor, quien me impresionó mucho, llevándome a planos antes desconocidos. A un mundo brumoso, como es el mundo nórdico, ¿no? Pero que al mismo tiempo me sustrajo de esta situación tan luminosa donde vivimos nosotros -este país tan brillante, con esa luz tan intensa. Quizá por cierta tendencia a buscar precisamente algo nublado, algo matizado, no tan duro y tan cortante como era el ambiente en que uno vivía. Entonces, de los autores nórdicos, Knut Hamsun fue en realidad el principio, pero después continué buscándolos, leyéndolos, hasta que agoté los pocos autores conocidos en ese tiempo, como Boyersen, Jens Peter Jacobsen, Selma Lagerlof. Para mí fue un verdadero descubrimiento Halldor Laxness -eso fue mucho antes de que recibiera el premio Nobel. De modo que yo sentía una especie de simpatía hacia esos autores. Me daban una impresión más justa, o mejor, más optimista que el mundo un poco áspero como era el nuestro.

J. S. - Y en literatura mexicana, por ejemplo en la novela de la Revolución Mexicana, ¿hizo lecturas también?

J. R. - Sí. Efectivamente, la novela de la Revolución Mexicana me dio más o menos una idea de lo que había sido la Revolución. Yo conocí la historia a través de la narrativa. Ahí comprendí qué había sido la Revolución. No me tocó vivirla. Reconozco que fueron esos autores, hoy subestimados, los que realmente abrieron el ciclo de la novela mexicana. Por ejemplo, Rafael F. Muñoz, Azuela, Martín Luis Guzmán, López y Fuentes sobre todo en Campamento , más que en el resto de su obra. De Muñoz es importante Se llevaron el cañón para Bachimba. También su novela histórica sobre Santa Anna, que trata irónicamente a este personaje de la historia mexicana.

J. S. - ¿Y había leído a Yañez antes de empezar a escribir?

J. R. - Sí, había leído Al filo del agua antes de escribir Pedro Páramo .

J. S. - ¿Podría dar una idea de cómo llegó a encontrar la manera de escribir Pedro Páramo ?

J. R. - Pues en primer lugar, fue una búsqueda de estilo. Tenía yo los personajes y el ambiente. Estaba familiarizado con esa región del país, donde había pasado la infancia, y tenía muy ahondadas esas situaciones. Pero no encontraba un modo de expresarlas. Entonces simplemente lo intenté hacer con el lenguaje que yo había oído de mi gente, de la gente de mi pueblo. Había hecho otros intentos -de tipo lingüístico- que habían fracasado porque me resultaban poco académicos y más o menos falsos. Eran incomprensibles en el contexto del ambiente donde yo me había desarrollado. Entonces el sistema aplicado finalmente, primero en los cuentos, después en la novela, fue utilizar el lenguaje del pueblo, el lenguaje hablado que yo había oído de mis mayores, y que sigue vivo hasta hoy.

J. S. - ¿Cómo ve usted el hecho de que algunos críticos digan que Pedro Páramo es una novela oscura?

J. R. - Bueno, para mí también, en realidad, es oscura. Creo que no es una novela de lectura fácil. Sobre todo intenté sugerir ciertos aspectos, no darlos. Quise cerrar los capítulos de una manera total. Se trata de una novela en que el personaje central es el pueblo. Hay que notar que algunos críticos toman como personaje central a Pedro Páramo. En realidad es el pueblo. Es un pueblo muerto donde no viven más que ánimas, donde todos los personajes están muertos, y aun quien narra está muerto. Entonces no hay un límite entre el espacio y el tiempo. Los muertos no tienen tiempo ni espacio. No se mueven en el tiempo ni en el espacio. Entonces así como aparecen, se desvanecen. Y dentro de este confuso mundo, se supone que los únicos que regresan a la tierra (es una creencia muy popular) son las ánimas, las ánimas de aquéllos muertos que murieron en pecado. Y como era un pueblo en que casi todos morían en pecado, pues regresaban en su mayor parte. Habitaban nuevamente el pueblo, pero eran ánimas, no eran seres vivos.

J. S. - Otra pregunta para mí importante: ¿cómo se compagina la visión de un mundo muerto, y por implicación de un México muerto; la visión tan pesimista en donde se niega la progresión del hombre en el tiempo, cómo compaginar esa interpretación tan amarga con la de Juan Rulfo, persona e individuo?

J. R. - Bueno, es que en realidad nunca he usado, ni en los cuentos ni en Pedro Páramo , nada autobiográfico. No hay páginas allí que tengan que ver con mi persona ni con mi familia. No utilizo nunca la autobiografía directa. No es porque yo tenga algo en contra de ese modo novelístico. Es simplemente porque los personajes conocidos no me dan la realidad que necesito, y que me dan los personajes imaginados.

J. S. - Pero se supone que una novela refleja la visión del mundo que tiene su autor.

J. R. - Tal vez en lo profundo haya algo que no esté planteado en forma clara en la superficie de la novela. Yo tuve una infancia muy dura, muy difícil. Una familia que se desintegró muy fácilmente en un lugar que fue totalmente destruido. Desde mi padre y mi madre, inclusive todos los hermanos de mi padre fueron asesinados. Entonces viví en una zona de devastación. No sólo de devastación humana, sino de devastación geográfica. Nunca encontré ni he encontrado hasta la fecha, la lógica de todo eso. No se puede atribuir a la Revolución. Fue más bien una cosa atávica, una cosa de destino, una cosa ilógica. Hasta hoy no he encontrado el punto de apoyo que me muestre por qué en esta familia mía sucedieron en esa forma, y tan sistemáticamente, esa serie de asesinatos y de crueldades.

J. S. - Volviendo al arte de escribir novelas, ¿cómo es el proceso de creación de un personaje?

J. R. - No puedo saber hasta ahora qué es lo que me lleva a tratar los temas de mi obra narrativa. No tengo un sentido crítico-analítico preestablecido. Simplemente me imagino un personaje y trato de ver a dónde este personaje, al seguir su curso, me va a llevar. No trato yo de encauzarlo, sino de seguirlo aunque sea por caminos oscuros. Yo empiezo primero imaginándome un personaje. Tengo la idea exacta de cómo es ese personaje. Y entonces lo sigo. Sé que no me va a llevar de una manera en secuencia, sino que a veces va a dar saltos. Lo cual es natural, pues la vida de un hombre nunca es continua. Sobre todo si se trata de hechos. Los hechos humanos no siempre se dan en secuencia. De modo que yo trato de evitar momentos muertos, en que no sucede nada. Doy el salto hasta el momento cuando al personaje le sucede algo, cuando se inicia una acción, y a él le toca accionar, recorrer los sucesos de su vida.

J. S. - Cambiando un poco el enfoque de esta conversación, ¿diría usted que Pedro Páramo es novela de negación?

J. R. - No, en lo absoluto. Simplemente se niegan algunos valores que tradicionalmente se han considerado válidos. Para mí, en lo personal, estos valores no lo son. Por ejemplo, en la cuestión de la creencia, de la fe. Yo fui criado en un ambiente de fe, pero sé que la fe allí ha sido trastocada a tal grado que aparentemente se niega que estos hombres crean, que tengan fe en algo. Pero en realidad precisamente porque tienen fe en algo, por eso han llegado a ese estado. Me refiero a un estado casi negativo. Su fe ha sido destruida. Ellos creyeron alguna vez en algo, los personajes de Pedro Páramo, aunque siguen siendo creyentes, en realidad su fe está deshabitada. No tienen un asidero, una cosa de dónde aferrarse. Tal vez en este sentido se estima que la novela es negativa. Esto me hace pensar en aquellas personas que piensan que la justicia más justa es la mejor de todas las justicias, cuando es la más grande de las injusticias. Así, en estos casos la fe fanática produce precisamente la antifé, la negación de la fe. Debo hacer una advertencia. Yo procedo de una región donde se produjo más que una revolución -la Revolución Mexicana, la conocida-, en donde se produjo asimismo la revolución cristera. En ésta los hombres combatieron unos en contra de otros sin tener fe en la causa que estaban peleando. Creían combatir por su fe, por una causa santa, pero en realidad, si se mirara con cuidado cuál era la base de su lucha, se encontraría uno que esos hombres eran los más carentes de cristianismo.

J. S. - Puesto que ya se refirió a su región (Jalisco), ¿no quiere elaborar un poco la personalidad histórica de esa zona?

J. R. - Sí, porque hay que entender la historia para entender este fanatismo de que hemos venido hablando. Yo soy de una zona donde la conquista española fue demasiado ruda. Los conquistadores ahí no dejaron ser viviente. Entraron a saco, destruyeron la población indígena, y se establecieron. Toda la región fue colonizada nuevamente por agricultores españoles. Pero el hecho de haber exterminado a la población indígena les trajo una característica muy especial, esa actitud criolla que hasta cierto punto es reaccionaria, conservadora de sus intereses creados. Son intereses que ellos consideraban inalienables. Era lo que ellos cobraban por haber participado en la conquista y en la población de la región. Entonces los hijos de los pobladores, sus descendientes, siempre se consideraron dueños absolutos. Se oponían a cualquier fuerza que pareciera amenazar su propiedad. De ahí la atmósfera de terquedad, de resentimiento acumulado desde siglos atrás, que es un poco el aire que respira el personaje Pedro Páramo desde su niñez. Ahora, para cerrar esta plática, vuelvo al punto del posible negativismo de Pedro Páramo. No creo que sea negativo, sino más bien algo como lo contrario, poner en tela de juicio estas tradiciones nefastas, estas tendencias inhumanas que tienen como únicas consecuencias la crueldad y el sufrimiento.

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Entrevista a Truman Capote

Truman Capote (cuyo verdadero nombre es Truman Streckfus Persons) nació en 1925, creció en el sur de los Estados Unidos, fue a la escuela en Greenwich, Connecticut y, hasta que sus cuentos empezaron a ser publicados, desempeñó diversos trabajos como lector de guiones cinematográficos, bailarín en una embarcación fluvial y "office boy" en la redacción de The New Yorker.

fuente: ESCRITURA VIVA / DDOOSS | 2001

A los diecinueve anos ganó un Premio O. Henry con su cuento "Miriam", y en 1948 obtuvo otro por Shut a Final Door, ("Cierra una última puerta"). La casa editora Random House publicó una colección de sus cuentos A Tree of Night (Un árbol de noche) en 1949.

En 1948 Truman Capote atrajo la atención nacional con su primera novela, Other Vojees, Other Rooms (Otras voces, otros ámbitos), un libro profusamente ataviado con los elementos grotescos de la tradición gótica enmarcados en el ambiente de los estados sureños de Norteamérica.

Refiriéndose al método del autor, Carlos Baker escribió: " Capote sabe que, en una de las condiciones del espíritu humano, el sonido de una voz puede marcar toda una época, y la intuición de algo o de alguien que respira al otro lado de la pared en una habitación contigua puede llevar a quien lo escucha al borde del cataclismo."

Una segunda novela, The Grass Harp, apareció en 1951. Una adaptación presentada en Broadway en 1952 no tuvo mucho éxito, aunque Brooks Atkinson la elogió como "la aportación de mayor fuerza creadora de la temporada".

[Hay una edición argentina de la obra teatral: El arpa de pasto.] En 1954 Capote escribió el libreto para otro espectáculo montado en Broadway: una comedia musical suntuosa, pero que tampoco tuvo mucho éxito, basada en su cuento "'The House of Flowers" ("La casa de las flores").

Aunque Capote reside en Brooklyn Heights, pasa una buena parte del año viajando. Ha escrito un libro de viajes titulado Local Color, en el que describe sus viajes por el sur de los Estados Unidos, Portugal y Francia. En 1956 relató sus experiencias en la URSS, pais que visitó acompañando a los artistas que representaron Porgy and Bess, en un libro que recibió grandes elogios: The Muses Are Heard (Se oyen las musas).

[En 1958 apareció Breakfast at Tiffany's. A Short Novel and Three Siories (Desayuno en Tiffany's, "La casa de las flores", "Una guitarra de diamante" y "Recuerdo navideño" en el mismo volumen). Capote trabajó seis años en su más reciente libro In Cold Blood (A sangre fría), narración del asesinato de un granjero y su familia en Holcomb, Kansas, a manos de dos exconvictos, Perry Smith y Richard Hickock, que robaron menos de cincuenta dólares.

Innumerables veces Capote habló con Smith y Hickock y con los vecinos de la familia Clutter, pero sin emplear grabadora ni libreta de apuntes. El resultado del "experimento estético" es una "nueva forma literaria: la novela sin ficción", en las propias palabras de su autor. In CoId Blood fue un extraordinario éxito de librería y crítica en el primer semestre de 1966.]

Truman Capote vive en una casona amarilla en Brooklyn Heights, que él ha restaurado con el gusto y la elegancia que caracterizan generalmente a sus empresas. Cuando yo entré lo encontré con la cabeza metida hasta los hombros en una gran caja que acababa de llegar y que contenía un león de madera.

¡Mire! exclamó mientras lo extraía de un montón de serrín y virutas.

¿Ha visto usted alguna vez algo tan espléndido? Bueno, ahí está. Lo vi y lo compré. Ahora es todo mío.

Es grande dije yo. ¿Dónde lo va a colocar?

Junto a la chimenea, por supuesto dijo Capote. Ahora pase usted a la sala, en lo que consigo a alguien que limpie todo esto.

La sala es de aspecto victoriano y contiene la colección más íntima de objetos de arte y tesoros personales de Capote, que, pese a su ordenada disposición sobre mesas pulidas y estantes de bambú, le recuerdan a uno el contenido de los bolsillos de un niño muy astuto. En la colección figuran, por ejemplo, un huevo de Pascuas dorado traído de Rusia, un perro de hierro bastante maltratado, un estuche para píldoras estilo Fabergé, unas cuantas canicas, frutas en cerámica azul, pisapapeles, cajitas de Battersea, tarjetas postales y viejas fotografías. En suma: todo lo que podría parecer útil o provechoso en un día de aventuras alrededor del mundo.

El propio Capote encaja muy bien en esta impresión a primera vista. Es pequeño y rubio, con un mechón que insiste en caerle sobre los ojos, y su sonrisa es repentina y cautivante. Su actitud ante cualquier nuevo conocido es abiertamente amistosa y llena de curiosidad. Podría ser engañado por cualquier cosa, y, en realidad, parece más que dispuesto a dejarse engañar.

Hay algo en él, sin embargo que le hace pensar a uno que, pese a toda su buena disposición, sería difícil embaucarlo y que más valdría no hacer el intento.

Desde el pasillo se dejó escuchar un ruido de pisadas y Capote entró, precedido por un gran bulldog de cara blanca.

Este es Bunky - dijo.

Bunky me olisqueó y Capote y yo nos sentamos.

- ¿Cuándo empezó usted a escribir?

- Cuando tenía diez u once años y vivía cerca de Mobile. Tenía que ir a la ciudad todos los sábados, para ver al dentista, e ingresé en el Sunshine Club que había sido organizado por el Mobile Press Register. El periódico tenía una página para niños que patrocinaba concursos literarios y de dibujo. Todos los sábados por la tarde había una fiesta con refrescos gratis. El premio en el concurso de cuentos era un pony o un perro. Yo estaba loco por ganarme uno de los dos, ya no recuerdo cuál. Había venido observando las actividades de unos vecinos que no se traían nada bueno entre manos, y escribí una especie de "novela en clave" titulada "Oíd Mr. Busybody" y la sometí al concurso. La primera entrega fue publicada un domingo, bajo mi nombre verdadero: Truman Streckfus Persons. Sólo que alguien de repente se dio cuenta de que yo estaba presentando un escándalo local en forma de novela, y la segunda entrega nunca apareció. Naturalmente, no gané ningún premio.

¿Estaba usted seguro, en aquel entonces, de que quería ser escritor?

Sabía que quería ser escritor, pero no estuve seguro de que lo sería hasta los quince años más o menos. Ya había empezado, con poca modestia, a enviar cuentos a las revistas populares y a las literarias. Ningún escritor, por supuesto, olvida jamás su primera aceptación; pero un buen día, cuando yo tenía diecisiete años, recibí la primera, la segunda y la tercera en el correo del mismo día. Ah, créamelo usted, eso de saltar de gusto no es una simple frase!

¿Qué escribió usted primero?

-Cuentos. Y mis ambiciones más firmes giran todavía alrededor de ese género. Creo que el cuento, cuando es explorado seriamente, es el más difícil y el más riguroso de los géneros en prosa existentes. Todo el control y la técnica que yo pueda tener se lo debo enteramente a mi adiestramiento en ese género.

-¿Qué significa exactamente "control" para usted?

-Significa mantener un dominio estilístico y emocional sobre el material. Llámelo preciosismo si gusta y mándeme al demonio, pero yo creo que un cuento puede ser arruinado por un ritmo defectuoso en una oración -especialmente al final- o por un error en la división de los párrafos y basta en la puntuación. Henry james es el maestro del punto y coma. Hemingway es un parrafista de primer orden. Desde el punto de vista del oído, Virginia Woolf nunca escribió una mala oración. No me propongo implicar que practico con éxito lo que predico. Lo intento, eso es todo.

-¿Cómo se llega a dominar la técnica del cuento?

-Puesto que cada cuento presenta sus propios problemas técnicos, obviamente no se puede generalizar acerca de ellos sobre una base de dos-más-dos-son-cuatro. Hallar la forma correcta para un cuento es sencillamente descubrir la manera más natural de contarlo. El modo de probar si un escritor ha intuido o no la forma natural de su cuento consiste sencillamente en esto: después de leer el cuento, ¿puede uno imaginárselo en una forma diferente, o silencia el cuento la imaginación de uno y parece absoluto y definitivo? Del mismo modo que una naranja es definitiva, algo que la naturaleza ha hecho de la manera precisamente correcta.

-¿Hay recursos que uno pueda utilizar para mejorar la técnica?

-El único recurso que conozco es el trabajo. La creación literaria tiene leyes de perspectiva, de luz y sombra, al igual que la pintura o la música. Si uno nace conociéndolas, magnífico. Si no, hay que aprenderlas. A continuación hay que reordenarlas a conveniencia de uno. Aun Joyce, el más radical enemigo de las reglas entre nosotros, era un artífice consumado; pudo escribir Ulysses porque escribió Dubliners (Dublinenses). Hay demasiados escritores que parecen pensar que escribir cuentos no es más que una manera de ejercitar la mano. Bueno, en esos casos es seguro que lo único que están ejercitando es la mano.

-¿ Recibió usted muchos estímulos en esos primeros tiempos? Y si los recibió, ¿de quiénes provinieron?

-¡Dios santo! Me temo que al hacer esa pregunta se ha comprometido usted a tener que escuchar una epopeya. La respuesta es un nido de víboras de negativas y unas cuantas afirmativas. Mire usted, no totalmente, pero sí en gran medida, mi infancia transcurrió en regiones del país y entre personas que carecían de toda actitud cultural. Lo cual probablemente no fue malo, a la larga. Me endureció desde muy temprano para nadar contra la corriente; en verdad, en algunos aspectos desarrollé los músculos de una verdadera barracuda, especialmente en el arte de lidiar con los enemigos, un arte que no es menos necesario que el de saber apreciar a los amigos. Pero volviendo atrás: naturalmente, en ese medio, yo era considerado un tanto excéntrico, lo cual era bastante justo, y, además, estúpido, lo cual resentía adecuadamente. Con todo, despreciaba la escuela -o más bien las escuelas, pues me la pasaba cambiando de una a otra- y año tras año reprobaba las materias más sencillas, por pura aversión y fastidio. Faltaba a clases cuando menos dos veces por semana y a cada rato me escapaba de la casa. Una vez me fugué con una amiga que vivía en la casa de enfrente: una muchacha mucho mayor que yo que posteriormente alcanzó cierta fama porque asesinó a media docena de personas y fue electrocutada en Sing Sing. La llamaron la "Asesina Corazones Solitarios". Pero ya estoy yéndome por la tangente otra vez. Bueno, finalmente, cuando tenía unos doce años, si no recuerdo mal, el director de la escuela a la que asistía visitó a mi familia y le dijo que en su opinión, y en la de los demás maestros, yo era "subnormal". Pensaba que lo sensato y humanitario era enviarme a alguna escuela especial para chiquillos retrasados. Aparte de lo que hayan pensado en su fuero interno, mis parientes se dieron oficialmente por ofendidos y, en un esfuerzo por probar que yo no era subnormal, me mandaron sin pérdida de tiempo a una clínica de estudios psicoanalíticos en una universidad del Este del país, donde me examinaron el Cociente de Inteligencia. El examen me divirtió enormemente y. . . ¿ sabe usted qué?. . . regresé a casa proclamado genio por la ciencia. No sé quién se sintió más abrumado, si mis antiguos maestros, que se negaron a creerlo, o mis parientes, que no quisieron creerlo: todo lo que querían que les dijeran era que yo era un simpático muchachito normal. ¡Ja, ja! Pero, por lo que a mí tocaba, me sentía sumamente complacido: me la pasaba mirándome en los espejos y chupándome los carrillos y diciéndome: "Pues sí, jovencito, tú y Flaubert... o Maupassant o Mansfield o Proust o Chéjov o Wolfe" según quién fuera el ídolo del momento.

Empecé a escribir con un empeño tremendo: mi mente zumbaba la noche entera, todas las noches, y no creo que haya dormido realmente durante varios años. Cuando menos basta que descubrí que el whisky me sosegaba. Era demasiado joven -tenía quince anos- para poder comprarlo con mi propio dinero, pero contaba con unos cuantos amigos mayores que eran sumamente complacientes en ese sentido y no tardé en llenar una maleta con botellas, con botellas de todo: desde brandy de zarzamoras hasta whisky Bourbon. Guardaba la maleta en un ropero y bebía sobre todo por la tarde; después masticaba un puñado de Sen Sen y bajaba a cenar al comedor, donde mi comportamiento, caracterizado por largos silencios y miradas vidriosas, se convirtió gradualmente en motivo de consternación general. Uno de mis parientes solía decir: "Realmente, si no fuera porque sé que es absurdo, juraría que está borracho perdido." Bueno, claro está que esa pequeña comedia, si tal era, terminó con el descubrimiento de la maleta y un relativo desastre; y pasó mucho tiempo antes de que volviera a tocar una gota. Pero parece que ya me volví a apartar de nuestro tema. Usted preguntaba por los estímulos. La primera persona que me ayudó verdaderamente fue, cosa extraña, una maestra. Una maestra de inglés que tuve en la escuela secundaria, llamada Catherine Wood. Ella apoyó mis ambiciones en todas las formas, y siempre le estaré agradecido. Más tarde, desde el momento en que empecé a publicar, recibí todo estímulo que cualquier persona podría desear, especialmente de parte de Margarita Smith, encargada de la sección de textos narrativos de la revista Mademoiselle, de Mary Louise Aswell, de Harper's Bazaar, y de Robert Linscott, de la editorial Random House. Habría que ser un glotón, en realidad, para pedir mejor suerte de la que tuve al comienzo de mi carrera.

-¿Esos tres editores que usted acaba de mencionar lo estimularon simplemente comprando sus trabajos o también lo ayudaron con sus críticas?

-Bueno, no puedo imaginar que haya algo más estimulante que el hecho de que alguien le compre a uno sus trabajos. Yo nunca escribo -en verdad soy físicamente incapaz de escribir- nada que piense que no me pagarán. Pero, en realidad, las personas mencionadas, y algunas otras también, fueron todas ellas muy generosas con sus consejos.

-¿Le gusta a usted algo de lo que escribió hace mucho tiempo tanto como lo que está escribiendo ahora?

-Sí. Por ejemplo, el verano pasado leí mi novela Otras voces, otros ámbitos por primera vez desde que fue publicada hace ocho años, y en buena medida fue como si estuviera leyendo algo escrito por otra persona. La verdad es que soy un extraño para ese libro; la persona que lo escribió parece tener muy poco en común con mi ser actual. Nuestras mentalidades, nuestras temperaturas internas, son completamente diferentes. Pese a la torpeza de expresión, el libro tiene una intensidad asombrosa, un verdadero voltaje. Me da mucho gusto haber podido escribir el libro cuando lo escribí; de lo contrario nunca lo habría escrito. También me gustan The Grass Harp y algunos de mis cuentos, aunque no Miriam, que es un truco hábil pero nada más. No, prefiero Chudren on Their Birthdays ("Niños en sus cumpleaños") y Shut a Final Door ("Cierra una última puerta") . .. ah, y algunos otros, especialmente uno que no parece gustarle a mucha gente, Master Misery ("La maestra miseria"), que figura en mi colección A Tree of Night.

-Usted publicó un libro sobre el viaje de los artistas de Porgy and Bess a Rusia. Una de las cosas más interesantes en relación con el estilo es su insólita objetividad, incluso en comparación con los reportajes de los periodistas que han pasado muchos años consignando sucesos en una forma imparcial. Uno tiene la impresión de que esta versión debe de haber sido tan aproximada a la verdad como puede lograrse a través de los ojos de otra persona, lo cual es sorprendente cuando se considera que la mayor parte de la obra de usted se caracteriza precisamente por su carácter personal.

-En realidad, no pienso que el estilo de ese libro, Se oyen las musas, difiera notablemente de mi estilo novelístico. Tal vez el contenido, el hecho de que se refiere a sucesos reales, lo haga parecer así. Después de todo, es un reportaje directo, y al escribir reportajes uno se ocupa de la literalidad y las superficies, de la implicación sin el comentario. En el reportaje no se pueden lograr las profundidades inmediatas que pueden lograrse en la literatura novelística. Sin embargo, una de las razones que me han movido a escribir reportajes es la de probar que podía aplicar mi estilo a las realidades del periodismo. Pero creo que mi método novelístico es igualmente objetivo: la actitud emocional me hace perder el control literario. Tengo que agotar la emoción antes de sentirme lo suficientemente clínico para analizarla y proyectarla, y por lo que a mí se refiere ésa es una de las leyes de la adquisición de una verdadera técnica. Si mi literatura novelística parece más personal es porque ella depende del área más personal y reveladora del artista: su imaginación.

-¿Cómo agota usted la imaginación? ¿Se trata únicamente de pensar la historia durante cierto tiempo o hay otras consideraciones?

-No, no creo que sea sólo cuestión de tiempo. Suponga que usted se pasa una semana comiendo sólo manzanas. Indiscutiblemente usted agota su apetito por las manzanas y sin duda alguna sabe cuál es su sabor. Cuando yo me pongo a escribir un cuento, tal vez ya no siento ninguna hambre de ese cuento, pero considero que conozco perfectamente su sabor. Los artículos sobre Porgy and Bess no tienen ninguna relación con este asunto. Eso era reportaje y las "emociones" no tenían mucho que ver, cuando menos con los territorios difíciles y personales del sentimiento a que me refiero. Creo recordar haber leído que Dickens, a medida que escribía, se moría de risa con su propio humorismo y derramaba lágrimas sobre toda la página cuando uno de sus personajes moría. Mi propia teoría es que el escritor debe haber gozado su ingenio y secado sus lágrimas mucho, mucho antes de proponerse suscitar reacciones similares en un lector. En otras palabras, creo que la mayor intensidad en el arte en todas sus formas se alcanza con una cabeza dura, fría y deliberada. Por ejemplo, Un coeur simple (Un corazón sencillo) de Flaubert. Un cuento sentido. escrito sentidamente; pero sólo podía ser la obra de un artista muy consciente de las técnicas verdaderas, es decir, de las necesidades. Estoy seguro de que en algún momento Flaubert debe de haber sentido el cuento muy intensamente, pero no cuando lo escribió. O, para tomar un ejemplo más contemporáneo, considere esa maravillosa novela corta de Katherine Anne Porter, Noon Wine (El vino de mediodía). Tiene tanta intensidad, tanta fuerza de actualidad... y, sin embargo, el estilo está tan controlado y los ritmos interiores del relato son tan inmaculados, que yo estoy bastante seguro de que la autora estaba a cierta distancia de su material.

-¿Han sido escritos sus mejores cuentos o libros en momentos relativamente tranquilos de su vida o trabaja usted mejor debido a la tensión emocional o a despecho de ella?

-Tengo la ligera sospecha de que no he vivido un solo momento de tranquilidad, a menos que cuente el que produce un nembutal ocasional. Aunque, ahora que pienso en ello, pasé dos años en una casa muy romántica en lo alto de una montaña en Sicilia, y supongo que ese periodo podría considerarse tranquilo. Fue tranquilo, Dios lo sabe. Allí escribí El arpa de hierba. Pero debo decir que un poco de tensión, como la que se deriva del empeño de acabar un trabajo dentro de un plazo dado, me viene bien.

-Usted ha vivido en el extranjero durante los últimos ocho anos. ¿Por qué decidió regresar a los Estados Unidos?

-Porque soy norteamericano y nunca podría ser, ni tengo ganas de ser, otra cosa. Además, me gustan las ciudades, y Nueva York es la única ciudad-ciudad verdadera. Con excepción de un período de dos años, regresé a los Estados Unidos cada uno de esos ocho años, y nunca me sentí un expatriado. Para mí, Europa fue un método de adquirir una perspectiva y una educación, un escalón hacia la madurez. Pero la ley del rendimiento menguante es una realidad, y hace unos dos años empecé a sentir sus efectos: Europa me había dado muchísimo, pero de repente sentí que el proceso empezaba a invertirse; me estaba quitando en vez de darme. Así que regresé, sintiéndome bastante crecido y capaz de establecerme donde están mis raíces, lo cual no quiere decir que haya comprado una butaca y me haya petrificado. De ninguna manera. Me propongo seguir viajando mientras las fronteras permanezcan abiertas.

-¿Lee usted mucho?

-Demasiado. Y cualquier cosa, incluidas las etiquetas, las recetas de cocina y los anuncios. Soy un apasionado de los periódicos: leo todos los diarios de Nueva York todos los días y, además, las ediciones dominicales y varias revista extranjeras. Las que no compro las leo de pie en los puestos de revistas. Leo un promedio de cinco libros a la semana: una novela de extensión normal me lleva unas dos horas. Disfruto las novelas de misterio y me gustaría escribir una algún día. Aunque prefiero las buenas novelas, durante los últimos años mis lecturas parecen haberse concentrado en las cartas, los diarios y las biografías. No me molesta leer mientras estoy escribiendo, es decir, que no me sucede que mi pluma empiece a escribir de repente con el estilo de otro escritor. Aunque una vez, durante un prolongado periodo de lectura de James, mis propias oraciones se hicieron terriblemente largas.

-¿Qué escritores han influido más en usted?

-Que yo sepa conscientemente, nunca me be sentido bajo ninguna influencia literaria directa, aunque varios críticos me han informado que mis primeras obras están en deuda con Faulkner y Eudora Welty y Carson McCullers. Es posible. Yo soy un gran admirador de los tres, y de Katherine Anne Porter también. Pero no creo, cuando los examino cuidadosamente, que tengan mucho en común entre si, ni conmigo, excepto que todos nacimos en el Sur. El momento ideal, Si es que no el único, para sucumbir a Thomas Wolfe es entre los trece y los dieciséis años. Wolfe me parecía un gran genio entonces, y todavía me lo parece, aunque ya no puedo leer una sola línea suya. Del mismo modo han muerto otras pasiones juveniles: Poe, Dickens, Stevenson. Los amo en el recuerdo, pero los encuentro ilegibles. Los entusiasmos que permanecen constantes son: Flaubert, Turguenev, Chéjov, Jane Austen, James, E. M. Forster, Maupassant, Rilke, Proust, Shaw, Willa Cather... oh, la lista es demasiado larga, así que la terminaré con James Agee, un hermoso escritor cuya muerte hace más de dos años fue una verdadera pérdida. La obra de Agee, por cierto, fue muy influida por el cine. Yo creo que la mayoría de los escritores jóvenes han aprendido y tomado mucho del aspecto visual, estructural, de la técnica cinematográfica. Ese ha sido mi caso.

-Usted ha escrito para el cine, ¿no es cierto? ¿Cómo le fue?

-Me divertí de lo lindo. Cuando menos la única película que escribí me hizo gozar enormemente. Trabajé en ella con John Huston mientras la película estaba en proceso de filmación en Italia. Algunas veces escribía en el mismo set las escenas que estaban a punto de filmarse. Los actores parecían volverse locos; algunas veces el propio Huston no parecía saber lo que estaba pasando. Naturalmente, las escenas había que escribirlas partiendo de una secuencia, y hubo momentos especiales en que yo llevaba en mi cabeza el único esquema real del llamado argumento. ¿Usted nunca vio esa película? Oh, debería verla. Es una broma estupenda, aunque me temo que al productor no le haya hecho gracia. Al diablo con él. Cada vez que la exhiben en un cine de segunda corrida voy a verla y paso un gran rato. Hablando en serio, sin embargo, no creo que un escritor tenga muchas posibilidades de imponerse en una película a menos que trabaje en íntima relación con el director o que él mismo sea el director. El cine es en tal medida un medio de expresión del director que sólo ha producido un escritor que, trabajando exclusivamente como guionista, puede considerarse como un genio del cine. Me refiero a ese tímido y encantador pequeño campesino que se llama Zavattini. ¡Qué sentido visual! El ochenta por ciento de las buenas películas italianas fueron hechas con guiones de Zavattini: todas las películas de De Sica, por ejemplo. De Sica es un hombre encantador, una persona talentosa y profundamente refinada; ello no obstante, es sobre todo un megáfono para Zavattini, sus películas son absolutamente creaciones de Zavattini: cada matiz, cada actitud, cada detalle está indicado claramente en los guiones de Zavattini.

-¿Podría usted mencionar algunos de sus hábitos de trabajo? ¿ Usa usted un escritorio? ¿Escribe a máquina?

-Soy un autor completamente horizontal. No puedo pensar a menos que esté acostado, ya sea en la cama o en un diván y con un cigarrillo y café a la mano. Tengo que estar chupando y sorbiendo. A medida que avanza la tarde, cambio de café a té de menta y de jerez a martinis. No, no uso máquina de escribir. No al comienzo. Escribo mi primera versión a mano (con lápiz).

Después hago una revisión completa, también a mano. Esencialmente, me considero un estilista, y los estilistas son notoriamente proclives a dejarse obsesionar por la colocación de una coma y por el peso de un punto y coma. Las obsesiones de este tipo, y el tiempo que me quitan, me irritan hasta lo indecible.

-Usted parece establecer una distinción entre los escritores que son estilistas y los que no lo son. ¿A cuáles autores llamaría estilistas y a cuáles no?

-¿Qué es el estilo? ¿Y "qué es", como pregunta el Zen Koan, "el sonido de una mano?" Nadie lo sabe realmente, sin embargo, uno lo sabe o no lo sabe. Para mí, si usted me permite una pequeña imagen un tanto simplista, el estilo es el espejo de la sensibilidad de un artista, en mayor grado que el contenido de su obra. En cierta medida todos los escritores tienen estilo: Ronald Firbank, el pobrecito, apenas tenía otra cosa, y gracias a Dios se dio cuenta de ello. Pero la posesión del estilo, de un estilo, es a menudo un impedimento, una fuerza negativa, no como debería ser, y como es, pongamos por caso, en E. M. Forster, Colette, Flaubert, Mark Twain, Hemingway e Isak Dinesen: un refuerzo. Dreiser, por ejemplo, tiene un estilo.. . pero, ¡oh, Dio buono! Y Eugene O'Neill. Y Faulkner, con todo lo brillante que es. Todos ellos me parecen triunfos sobre estilos fuertes pero negativos, estilos que no añaden nada realmente a la comunicación entre el escritor y el lector. Y también existe el estilista sin estilo, lo cual es muy difícil, muy admiraba y siempre muy popular: Graham Greene, Maugham, Thornton Wilder, John Hersey, Willa Cather, Thurber, Sartre (recuerde usted que no estamos discutiendo el contenido), J. P. Marquand, etcétera. Pero, si, si existe ese animal que es el no-estilista. Sólo que no son escritores; son mecanógrafos. Mecanógrafos sudorosos que llenan libras de papel con mensajes sin forma, sin ojos y sin oídos. Bueno, ¿quiénes son algunos de los escritores jóvenes que parecen estar enterados de que el estilo existe? P. H. Newby, Francoise Sagan, en cierta medida. Bilí Styron, Flannery O'Connor. .. ¡ah, esa muchacha tiene algunos momentos extraordinarios! James Merrilí. William Goyen... si dejara de ser histérico. J. D. Salinger, especialmente en la tradición del estilo coloquial. ¿ Colin Wilson? Otro mecanógrafo.

-Usted dice que Ronald Firbank apenas tenía algo más que estilo. ¿ Cree usted que el estilo por sí solo puede hacer que un escritor sea grande?

-No, no lo creo... aunque, podría argumentarse: ¿ qué le sucedería a Proust si lo separáramos de su estilo? El estilo nunca ha sido el punto fuerte de los escritores norteamericanos. Y eso a pesar de que algunos de los mejores estilistas han sido norteamericanos. Hawthorne fue un buen arranque para nosotros Y durante los últimos treinta años, Hemingway, por lo que al estilo se refiere, ha influido en más escritores en escala mundial que ningún otro escritor. En la actualidad, creo que nuestra propia señorita Porter sabe tan bien como cualquiera de qué se trata.

-¿Puede un escritor aprender el estilo?

-No, no creo que el estilo sea algo a lo que se llegue conscientemente, como tampoco llegamos al color de nuestros ojos. Al fin y al cabo, su estilo es usted. En última instancia la personalidad de un escritor tiene mucho que ver con la obra. La personalidad tiene que estar humanamente presente. Personalidad es una palabra envilecida, ya lo sé, pero es lo que yo quiero decir. La humanidad individual del escritor, su palabra o su gesto frente al mundo, tiene que aparecer casi como un personaje que entre en contacto con el lector. Si la personalidad es vaga o confusa o meramente literaria, cha ne va pas. Faulkner, McCullers son escritores que proyectan su personalidad de inmediato.

-Resulta interesante que su obra haya sido tan ampliamente elogiada en Francia. ¿Cree usted que el estilo es traducible?

-¿ Por qué no? Siempre que el autor y el traductor sean gemelos artísticos

-Bueno, me temo que lo interrumpí a usted con su cuento todavía manuscrito a lápiz. ¿Qué sucede a continuación?

-Déjeme ver, ése era el segundo borrador. Entonces mecanografío un tercer borrador en papel amarillo, un tipo muy especial de papel amarillo, ¿sabe usted? No, no salgo de la cama para hacer esto último. Mantengo la máquina sobre mis rodillas. Ah, sí, lo hago muy bien: escribo cien palabras por minuto. Bueno, cuando el borrador en papel amarillo está listo, guardo el manuscrito durante algún tiempo, una semana, un mes, a veces más. Cuando vuelvo a sacarlo, lo leo tan fríamente como sea posible, después se lo leo a uno o dos amigos y decido qué cambios quiero hacerle y si deseo publicarlo o no. He echado a la basura unos cuantos cuentos, una novela entera y la mitad de otra. Pero si todo marcha bien, mecanografío la versión definitiva en papel blanco y ahí acaba todo.

-¿Está el libro completamente organizado en su cabeza antes de que usted lo comience, o se desarrolla sorprendiéndolo a usted mismo a medida que lo escribe?

-Las dos cosas. Yo tengo invariablemente la ilusión de que todo el desarrollo de un relato, su comienzo, su parte intermedia y su término, ocurren de manera simultánea en mi mente, como si lo viera en un solo relámpago. Pero en la elaboración y la redacción se producen sorpresas infinitas. Gracias a Dios que es así, porque la sorpresa, el sesgo repentino, la frase que se presenta en el momento preciso sin que se sepa de dónde viene, son el dividendo inesperado, el jubiloso empujoncito que mantiene activo a un escritor.

Hubo una época en que yo usaba un cuaderno de apuntes en el que hacía esquemas de cuentos. Pero descubrí que eso marchitaba de algún modo la idea en mi imaginación. Si la idea es lo suficientemente buena, si de veras le pertenece a uno, entonces no se puede olvidar: lo acosará a uno hasta que la escriba.

-¿Qué porción de su obra es autobiográfica?

-Una porción muy reducida, en realidad. Una parte pequeña es sugerida por incidentes y personajes reales, aunque todo lo que un escritor escribe es en cierto sentido autobiográfico. El arpa de pasto es lo único que he escrito tomándolo de la realidad, y naturalmente todo el mundo pensó que era inventado y se imaginó que Otras voces, otros ámbitos era una obra autobiográfica.

-¿Tiene usted algunas ideas o proyectos definidos para el futuro?

-(Meditabundo ) Bueno, sí, creo que sí. Siempre he escrito lo que era más fácil para mí hasta ahora. Quiero intentar algo distinto, una especie de extravagancia controlada. Quiero usar más mi mente, usar muchos colores. Hemingway dijo una vez que cualquiera puede escribir una novela en primera persona. Yo sé exactamente lo que él quería decir.

-¿Lo han tentado a usted algunas de las otras artes?

-No sé si es un arte, pero durante varios años padecí el gusanillo del teatro y, más que ninguna otra cosa, quise ser bailarín de zapateado. Solía practicar mi buck-and-wing hasta que todos en la casa sentían ganas de matarme. Más tarde ansié tocar la guitarra y cantar en clubs nocturnos. Hice ahorros para comprar una guitarra y tomé lecciones durante todo un invierno, pero a fin de cuentas lo único que aprendí a tocar bien fue una pieza de aprendiz llamada "I Wish I Were Single Again". Me cansé tanto del asunto que un día le regalé la guitarra a un desconocido en una terminal de autobuses. También me interesó la pintura y estudié durante tres años, pero me temo que me faltaba el fervor, la vrai chose.

-¿Cree usted que las críticas sirven de algo?

-Antes de publicar, y siempre y cuando provengan de personas en cuyo juicio uno confíe, sí, por supuesto, la crítica ayuda. Pero después que algo es publicado, todo lo que deseo leer o escuchar son elogios. Lo que no lo sea me aburre, y le daré a usted cincuenta dólares si me muestra a un escritor que pueda decir honradamente que las majaderías o las opiniones condescendientes de los autores de reseñas le han servido de algo. No quiero decir que ninguno de los críticos profesionales merezca atención, pero pocos de los buenos reseñan sobre una base uniforme. Yo creo, más que nada, en el endurecimiento contra la opinión ajena. Yo he recibido y sigo recibiendo ataques, algunos de ellos sumamente personales, pero ya no me irritan. Puedo leer el libelo más injurioso contra mi persona sin que se me altere una sola vez el pulso. Y en relación con esto tengo un consejo que dar: nunca hay que rebajarse contestándole a un critico, nunca. Las respuestas puede uno escribirlas mentalmente, pero nunca debe ponerlas en el papel.

-¿Cuáles son algunas de sus extravagancias personales?

-Supongo que mi creencia en las supersticiones podría considerarse una extravagancia. No puedo dejar de sumar todos los números: hay algunas personas a las que nunca llamo por teléfono porque sus números suman una cifra de mal agüero. También rechazo ciertos cuartos de hoteles por la misma razón. No tolero la presencia de rosas amarillas, lo cual es algo triste porque son mis flores favoritas. No puedo soportar tres colillas en el mismo cenicero. No viajo en un avión con dos monjas. No comienzo ni termino nada un viernes. La lista sería interminable. Pero derivo una especie de curiosa comodidad obedeciendo estos conceptos primitivos.

-Usted ha sido citado en el sentido de que sus pasatiempos predilectos son "conversar, leer, viajar y escribir, en ese orden". ¿Lo afirma usted literalmente?

-Creo que sí. Cuando menos, estoy bastante seguro de que la conversación siempre es lo más interesante para mí. Me gusta escuchar y me gusta hablar.

Pero, bueno, muchacha, ¿todavía no se ha dado usted cuenta de que me gusta hablar?

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18 dic 2008

Diez palabras con Carlos Fuentes

Siguiendo el esquema de su libro "En Esto Creo", un libro muy hermoso sobre una serie de palabras que usted va definiendo como su diccionario personal, quiero orientar así esta entrevista y girar alrededor de algunas palabras y de lo que para usted significan.

fuente: BBC Mundo | 10-2-2006

Por supuesto quiero empezar con la palabra escritura, ¿usted por qué empezó a escribir?

Mire, se pierde en la noche de mi infancia, porque yo empecé a escribir a los siete años, imagínese. Vivíamos en Washington, en una casa de departamentos, y yo hice una revista personal mía con dibujos, comentarios, críticas de cine, noticias, y dibujada a mano.

Y la pasé de piso en piso, de departamento, regresó muy borrada. No hubo comentarios, pero yo ya sabía desde ese momento que iba a escribir, que era lo que me gustaba.

¿Por qué ese impulso inicial de ser escritor? Vargas Llosa, por ejemplo, dice que es como una necesidad, un desacuerdo que hay entre el escritor y el mundo y una necesidad como de rehacerlo.

A los siete años no lo sabía yo, mire, también hay genes. Yo tengo un tío que se llamaba como yo, Carlos Fuentes, veracruzano, un excelente poeta, tenía una revista literaria, escribía muy bien, murió a los 21 años.

Y yo creo que algo de sus genes me pasaron a mí o mi padre me impulsó de una manera misteriosa que yo cumpliera el destino de su hermano muerto, yo creo que algo de eso hubo.

Pero el hecho es que publiqué a los 11 años mi primer cuento en el boletín del Instituto Nacional de Santiago de Chile y a partir de entonces ya nunca dejé de escribir.

¿Le apoyaron en su familia?

Mucho, mucho. No recibí más que apoyo.

¿Tuvo algo que ver en el deseo de escribir, la infancia transhumante que usted vivió?

Sí y no, porque hay muchos diplomáticos que no saben ni escribir su nombre. En mi caso, fue lo que fue. Siempre disfruté mucho la escuela, disfruté mucho los idiomas, el hecho de cambiar de escuela...

Vivimos ocho años en Washington, pero en los veranos iba yo a la escuela en México para no perder el español, para estar en contacto con mis abuelas, que eran grandes novelistas, de esas que le cuentan a uno todo el pasado.

Entonces, nunca dejé de estudiar, nunca dejé de leer y doy gracias de eso.

Me imagino que hubo dudas al principio en el oficio de escritor. ¿Hubo algún momento que usted pueda identificar en el que dijo "soy escritor"?

Sí, cuando una noche estaba yo escribiendo, tuve una especie de temblor, empecé a darle de manotazos a la bombilla de la luz eléctrica para crear un mundo totalmente irreal, expresionista, de sombras, que pudiese yo trasladar a la escritura, y así nació uno de los primeros cuentos que escribí.

Es un cuento inédito, es un cuento de los 16 años. Pero en ese momento sentí la sensualidad de escribir, el vértigo de la escritura. Creo que en ese momento lo sentí y, claro, ya nunca paré.

¿Es cierto que se convierte en una especie de adicción?

¿No es una palabra muy fuerte? Yo soy más modesto. Es una profesión.

¿Pero sigue escribiendo todos los días?

Todos los días, sí, a menos que esté en un viaje o algo. Y aún así yo escribo en aviones, escribo en hoteles, escribo en playas. No hay pretextos para no escribir.

He visto tantos talentos en América Latina, en México, caer por falta de disciplina. ¿Por qué no se sientan a escribir? Porque prefieren estar hablando en el café, finalmente, o se meten en la política, lo que usted quiera.

Y son grandes talentos que se frustran y yo siempre he dicho que la disciplina es esencial para el escritor. Es un oficio, finalmente.

Es como poner ladrillos o construir una mesa. Hay que tener horarios, hay que ser muy serio y saber que todos los días hay que ejercitar el oficio o se pierde.

¿Y es verdad, como dicen Vargas Llosa y García Márquez, que usted simplemente escribe con dos dedos?

No, escribo ahora con pluma. Ellos me veían escribir así y vieron mis dedos chuecos, mire usted como quedaron, pero ya dejé eso porque no sé escribir más que en pluma.

Como se pasó de las viejas máquinas que queríamos tanto, la Royal, por ejemplo, a una cosa mecánica, eléctrica, que me equivocaba yo mucho, dije, voy a regresar a la sensualidad de tomar un cuaderno, con papel, sacar una pluma, con tinta.

Escribir del lado derecho, corregir del lado izquierdo, y sentir que soy dueño de lo que escribo y que no dependo de ninguna cosa mecánica, de manera que así vengo haciéndolo por lo menos desde hace 20 años.

¿Y tiene algunos otros hábitos como ese?

Pararme de cabeza, no.

¿Ni escribir de pie como Hemingway?

No, ni escribir de pie. Yo soy una persona bastante disciplinada, me levanto temprano, a las seis y media de la mañana. Me baño, me hago mi desayuno y a las ocho empiezo a escribir. De ocho a doce escribo todos los días.

Otra palabra que está muy cerca de la palabra escritura es la palabra lectura. Me imagino, como todo escritor, que dedica mucho tiempo a leer. ¿Cuáles fueron las lecturas que más lo impactaron en la infancia?

Sabe que tuve la gran fortuna de crecer en dos culturas. Una que estaba en los Estados Unidos y en México.

En los Estados Unidos se leía en aquella época novelas para jóvenes, que eran las historias de los Dixon Boys, yo creo que nadie las lee, "Nancy Drew, Detective", cosas muy americanas.

Y en México se leían cosas que no se conocían en los Estados Unidos, los cuentos de "Las tardes de la granja", se leía mucho "Corazón", el diario de un niño, de Edmundo d'Amicis.

Se leían las novelas de pirata de Emilio Salgari, "El Corsario Negro", "Yolanda, la Hija del Corsario Negro", cosas que eran desconocidas en los Estados Unidos.

Pero luego había las lecturas comunes a las dos culturas, que eran Julio Verne, Alejandro Dumas -Los Tres Mosqueteros-, Mark Twain, Robert Louis Stevenson. Esos cuatro escritores cruzaban las fronteras. Otros eran propios de las culturas nada más.

Y para su oficio como escritor, ¿cuáles son los escritores que usted cree que más lo han influido y que más le han enseñado?

Con los que me he ido quedando. Desde luego que lee uno los clásicos y ahí está todo dicho.

Las tragedias griegas son las situaciones básicas de la narrativa, ahí están todas, tenemos que volver a eso una y otra vez.

Pero como influencias claras en mi quehacer literario ya más maduro creo que está Balzac, lo leí mucho, mucho.

Está Faulkner, con quien me identifiqué mucho por el barroquismo, que me lo asociaba mucho con mi propia lengua, con Góngora y poetas... Quevedo. Y desde luego, Cervantes, que es la base de todo.

Esa es la otra palabra que quería mencionarle, Quijote, ¿lo sigue leyendo todos los años?

Todos los años y lo leo siempre como si fuera la primera vez. Siempre lo descubro de nuevo, descubro cosas que antes dije ¿porque se me pasó esto? ¡Qué novedad!

Pero me imagino que, a medida que el hombre ha crecido también ha crecido esa comprensión de El Quijote y es distinto lo que le ha dicho cuando era un niño a lo que le dice ahora.

Hay libros que uno ya no puede volver a leer. Hablaba con un amigo inglés muy querido, Hugh Thomas, el historiador, y le dije: "¿Te has atrevido a leer otra vez el Conde de Montecristo?, es una novela que adoramos, ¿no?".

A mí me impresionan las grandes novelas, pero no me atrevo a leerla porque no quiero romper la ilusión de haberla leído cuando tenía 17 años.

En cambio El Quijote es una novela que se puede leer todos los años y se puede regresar a ella. Una gran novela no depende de qué pasó, sino de cómo sucede.

Y siempre se encuentra la novedad de una gran novela. Uno sabe muy bien lo que va a pasar en El Quijote, lo que va a pasar en La Guerra y la Paz, Crimen y Castigo, uno las puede releer siempre, porque no las agota una sola lectura ni tres ni cuatro.

Siempre se regresa a una fuente de la imaginación, del verbo, a una serie de dudas, de novedades que no había uno pescado en la primera lectura, que eso es lo que convierte un libro en un gran libro.

Volvamos un poquito al tema de la escritura. Usted es uno de los pocos escritores latinoamericanos que se mueve muy comfortablemente en la novela, en el ensayo y en el cuento, y en los tres ha hecho grandes obras, ¿es muy difícil eso?

No, no, para mí no lo es, desde luego. No me hago violencia. Y hago periodismo, mucho también, de manera que no, para mí no es ninguna violencia, paso con mucha facilidad de un género a otro.

Pero, por ejemplo, usted cuando escribe una novela, ¿no escribe ensayo al mismo tiempo, tiene que compartimentar eso?

No, no, lo hago todo al mismo tiempo. Cuando estoy escribiendo una novela larga, cosa que toma a veces años, le dedico las mañanas, y luego las tardes yo leo, y si tengo un ensayo, una conferencia, periodismo, lo hago ya de noche.

Porque es más fácil, porque me aviento una, tres, cuatro cuartillas para el periódico, o veinte para una conferencia, con más facilidad.

En cambio hay que estar muy alerta y yo funciono bien de mañana, entonces hay que estar alerta para la literatura, para la creación, en las horas de la mañana, es como yo trabajo.

Otra de las palabras es la palabra tiempo, el enigma del tiempo, que es uno de sus grandes temas. El pasado siempre presente y algo que usted dice, el tiempo en realidad no cambia, es simultáneo. ¿De dónde le viene a usted, porque le viene esa inquietud?

Porque soy mexicano. En México es muy fácil darse cuenta de esto porque coexistimos con una cultura muy antigua que no tiene más posibilidad de ser que ubicar su pasado en el presente.

Es decir, estamos aquí. Los indígenas tienen una idea temporal que no es la del occidente propiamente, sino que es una visión simultaneísta, en la que estar en el momento actual es estar en el más remoto origen y además es proyectarse al futuro más lejano.

Entonces, esto lo encuentro yo en Faulkner también, por ejemplo. Cada instante en Faulkner es el instante preciso del presente, que es el único lugar que tiene el pasado, como memoria, para existir, y el futuro, como deseo, también para existir. De manera que todos vivimos en el presente, en el fondo.

Usted ha tratado de reflejar eso en su novela a través de la técnica, ¿está satisfecho con lo que ha conseguido?

No, que va, uuuh! Le desafío a que me encuentre un escritor que le diga que está satisfecho con lo que ha hecho. No, si por eso escribe uno todos los días, porque no está satisfecho ni de sí mismo, ni de su obra, ni del mundo.

¿Y estaría dispuesto, por ejemplo, ahora a intentar una novela de la envergadura de Terra Nostra, una novela total?

No porque eso me tomó 10 años. Ya no tengo 10 años por delante.

¿Y cree que se está intentando ahora? ¿Cree que en América Latina o en otras partes se esté intentando ese tipo de novela total?

Cómo no. Si usted ve una novela, digamos como En Busca de Klingsor, de Jorge Volpi, pues es una novela muy amplia, de gran respiración, totalizante.

Eso no se pierde, son señales de camino que se erigen de tiempo en tiempo. Rayuela, La Guerra del Fin del Mundo, Cien Años de Soledad, son obras largas y que señalan un hito en el camino para el autor y para el lector también.

Usted mencionaba México, esa es la otra palabra. ¿Qué es México para usted ahora?

Un enigma, siempre será un enigma, por fortuna, ¿no? Cuando encuentro gringos que dicen que entienden muy bien a su pais, y el mío de paso, me muero de la risa, porque yo nunca entenderé totalmente a México.

Es un país muy enigmático y qué bueno que es así, porque eso nos mantiene alertas para descifrar constantemente el enigma de México, el misterio de México, para entender el país que es un país muy, muy barroco, muy complicado y muy sorprendente.

Con contrastes brutales, como sabemos todos, entre pobreza, riqueza; ignorancia, sabiduría; pasado, presente, porvenir, es un país de por sí muy apasionante, muy atractivo, a veces muy desesperante, también.

México nos lleva inevitablemente a la palabra hogar. Usted ha sido transhumante, como decia ahora, desde muy pequeño, ¿se siente usted como en su hogar en algún lado?, ¿hay algún sitio...?

En todas partes, sí, sí, en todas partes...

¿Hay un lugar en especial que usted...?

Sí, hay lugares preferidos. Yo, aunque me parece terrible la Ciudad de México, porque lo estrangula a uno, le exige demasiado y se ha vuelto muy difícil, pues siempre tengo una memoria de mi niñez, con mis abuelas.

Era una ciudad muy diferente, de casas bajas, color de rosa, color azul añil, un aire muy transparente. Ya no es, ahora está el smog. Pero, pues sí, esa es mi ciudad.

Pero también es mío Santiago de Chile, porque crecí ahí, Buenos Aires, son ciudades que pertenecen a mi vida, a mi infancia.

Y luego las ciudades que he escogido ya de una manera más voluntaria en Europa. Pero si tuviera que escoger tres ciudades que realmente han sido formativas para mí, han sido México, Santiago y Buenos Aires.

Aunque viví mucho en Washington, nunca me sentí parte de la ciudad, menos ahora que se ha convertido en una ciudad francamente fea, una ciudad de monumentos helados, burocrática, en que además, y esa es mi culpa, todo lo que yo veía grande cuando tenía 10 años, se volvió chiquito.

Los parques eran inmensos, ahora son pequeños, las avenidas eran grandes, ahora se han estrechado. Todo lo que uno ha visto grande de niño, se vuelve pequeño de viejo, entonces hay que cambiar de lugar.

Pero curiosamente las ciudades que menciona son ciudades en que vivió mucho su infancia: México, Santiago...

Sí, son las ciudades formativas, finalmente.

En el tema de hogar también hay que hablar de América Latina. Esa generación suya, la generación del "boom", esa generación fabulosa, también vio cambios fabulosos. Le tocó la revolución, le tocó después en los 70 la dictadura, está viendo lo que es ahora el crecimiento de la democracia. ¿Se reconoce usted en esa América Látina?

Claro que sí, me reconozco cien por ciento. Es la que hemos hecho nosotros, cómo no me voy a reconocer, si es obra nuestra, de los ciudadanos latinoamericanos, de los hombres y mujeres de la América Latina. Nosotros hacemos la historia, no la hace la providencia.

¿Y se arrepiente de algo personalmente o de algo generacionalmente?

Si, pero no se lo voy a contar, imagínese.

Entre la nueva generación de escritores de América Latina, ¿hay algunos que usted vea como los herederos de su prosa?

Yo creo que hay una continuidad muy grande. Siempre se habla del "boom" con una palabra de explosión, muy expresiva, pero no es cierto.

El llamado "boom", que es mi generación, hereda a grandes escritores como Alejo Carpentier, Borges, Asturias, Onetti. Nos preceden los grandes poetas Vallejo, Neruda. Son parte de nuestra formación, vienen antes de nosotros, y toda la literatura.

Una vez le preguntaron a Alfonso Reyes ¿y qué influencia encuentra usted en Juan Rulfo, este escritor que acaba de aparecer?, y dijo: dos mil años de literatura.

Es lo que hay detrás de cada escritor, de manera que hay una continuidad. Y después del "boom", pues hubo el "miniboom", el "babyboom", cuántos "booms", y ahora hay en México la generación del "crack", que ya podrían ser mis nietos, son escritores de entre 30 y 40 años.

¿Y cree que son dignos de esa generación como la suya?

Ah, cómo no, hay muy buenos escritores, está Volpi, a quien hemos mencionado, está Padilla (Ignacio), está Javier Velasco, con El Diablo Guardián, que es una novela muy interesante, muy fuerte.

Está Pedro Ángel Palau, un escritor muy fino, muy variado, está Cristina Rivera Garza, de manera que es una generación muy interesante y de muy buenos escritores.

Otra palabra que quiero mencionar y ya para ir redondeando esta parte de la entrevista personal es la palabra amor. ¿Qué significado tiene para usted ahora esa palabra? Usted ha escrito muy hermosamente sobre eso, sobre la amistad, sobre el amor.

La amistad, yo siempre he dicho, es el puente que nos permite pasar del hogar, de la familia, al mundo, es a través de la amistad que logramos ese pasaje.

El amor lo definía aquí el otro día, en un periódico inglés, The Independent on Sunday, como el más perfecto egoísmo compartido que se ha inventado.

No puede ser totalmente uno, en una especie de egoísmo total, con la pareja, y eso es lo más bello que hay, no hay nada mejor en el mundo que eso.

La última palabra no es una palabra que uno asocie muy a menudo con usted, es la palabra tristeza. ¿Qué le dice a usted esa palabra?

Me dice muchas cosas. Me dice pérdidas de gente amada, sobre todo. Ahí radico la tristeza.

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